miércoles, 17 de noviembre de 2010
EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE AGOSTO
El escenario había cambiado. Caminaba por un terreno escarpado. La luna de agosto lo iluminaba todo de una manera misteriosa. Estaba rodeada de formas de fantástico y singular aspecto. Por un momento me sentí atemorizada. Paseaba sola, perdida en un mundo al que no recordaba haber viajado. Quizás solo se trate de un sueño, pensé para tranquilizarme, y seguí hacia delante.
A mi encuentro, en una variada sinfonía de grises y blancos, iban apareciendo seres monstruosos, torsos decapitados de animales de quimera, formas mórbidas que me recordaban a algo pero que el miedo no me dejaba reconocer. Alados corceles cargaban escuadrones de guerreros fieros y aguerridos que lanzaban sus armas al viento. Empujada por el miedo pero también por la curiosidad, seguía caminando entre la espectral iluminación de la noche, a veces con dificultad ya que el terrenos era abrupto, hecho de rocas donde de vez en cuando me encontraba con una hiedra, y algún que otro arbusto. De repente me encontré sumergida en una arquitectura fantástica. Paseaba rodeada de templos orientales, que mas adelante eran catedrales góticas. Poco a poco sentía que el miedo me iba abandonando. Una suave sensación de familiaridad me iba invadiendo. Me pareció que me cruzaba con una pareja de enamorados tiernamente abrazados, él cristiano, ella mora, alejándose de la Peña, dejando atrás a sus perseguidores. El Infante don Fernando, montado en su caballo, me saludó, sonriente y feliz por su buen hacer en la defensa de la ciudad. Ahora caminaba por calles conocidas, entre gentes que iban y venían, gentes de todas las épocas que han vivido y amado a Antequera, pintores, arquitectos, orfebres y plateros, escritores y poetas que han dejado su huella indeleble en ella. Paseaba entre iglesias y conventos, ruidos de motores, los de las fabricas de textiles y curtidos cuyas ruinas aun recuerdan la época floreciente en que enriquecieron la ciudad. Dentro de un monumento megalítico alumbraba una hoguera, alrededor de la cual se calentaban seres prehistóricos. Me pareció oír un repiqueteo de tambores y una larga procesión pasó a mi lado, sin detenerse, era el Santo Entierro, silencioso y triste que ponía el punto final a una Semana Santa rica en cofradías. De repente la noche se iluminó. El cielo se llenó de tronantes colores que ponían el punto final a la Feria. Las gentes que pasaban a mi lado sonreían divertidas y felices. En el ambiente se mezclaba el olor de la pólvora de los fuegos artificiales con los aromas de la caña de algodón y las patatas fritas. Ese aroma me recordó otros, el de los jazmines de mi terraza, y de pronto las apariciones desaparecieron, me encontraba de nuevo en mi hamaca. Allí no había rocas con formas extrañas, solo macetas iluminadas con una luna clara y radiante.
Todo había sido un sueño, solo que aunque yo había despertado vivo en un sueño diario porque vivo en Antequera y desde aquí invito, a todo aquel que quiera compartirlo conmigo, a visitarla, recorrerla, conocer a sus gentes, y pasear por la Sierra del Torcal, donde el trabajo de millones de años de acumulación de materias calizas y margosas, además de la erosión de las aguas sobre las rocas han dado lugar a paisajes grandiosos y sorprendentes detalles morfológicos, y donde podrá contemplar formas conocidas como El Macetón, los Dos Iguales, el Arco, las Parrillas el Aguilucho, el Sombrero………..pero además, si le apetece podrá dejarse llevar por la imaginación y adentrarse en un mundo de ensueño donde la fantasía no tiene limites.
jdiana
lunes, 25 de enero de 2010
UNA CALIDA VISITA. SEGUNDA PARTE
Intenté recordar una y otra vez pero todo fue en vano. Olvidé mi nombre, olvidé donde estaba y a donde me dirigía. El olvido se apoderó de mí hasta el punto que me olvidé de sentir. El tren pasó por muchas estaciones, recorrió numerosos pueblos y ciudades y yo mientras permanecí inmóvil, pegada a los cristales, con la vista perdida en la lejanía. Me daba igual que avanzáramos o que retrocediéramos. Tanto el olvido se apoderó de mí que me olvidé de sentir.
Durante esos días, en los pequeños instantes en que una pequeña llamita se encendía en mi interior y me daba la sensación de que iba a recordar, el único sentimiento que me parecía experimentar era el deseo de desvanecerme en la nada. No pasó nada lo suficientemente fuerte como para obligarme a recordar que podía volver dentro de mí.
Entre mis recuerdos me vienen destellos, retazos de algo que no se si es parte de una conversación con alguien a quien ni siquiera recuerdo haber visto ni oído. Me parece escuchar una voz suave, acida, que me susurra al odio: “déjate ir, nada vale la pena. Total, ¿Qué haces aquí?” y creo que le obedecí. Me dejé ir.
No estoy segura si las imágenes que recuerdo fueron reales o producto de mi imaginación. Me siento en brazos de alguien, quizás de aquél ser indefinido que se presentó en medio de las brumas. Ahora yo no era dueña de mi misma. Ahora le pertenecía a él. Con seguridad se abrió paso entre el gentío que transitaba por el anden llevándome con él. Adonde me condujo no lo sabía ni tampoco me interesaba averiguarlo. Yo había delegado todo mi poder interior y ya no era mi dueña. Me había entregado ciegamente, igual que loca enamorada, solo que sabía que quien se había adueñado de mi no era ningún bello galán.
Encerrada en su morada, alejada de todo y de todos, me sabía secuestrada, dominada, pero no me sentía con fuerza para hacerle frente porque me estaba robando el aliento, la voluntad de vivir.
Por un instante me supe consciente de que me hundía cada vez más en aquel pozo negro de abandono y desidia y algo dentro de mí se reveló. Intenté gritar pero de mi garganta no salió ni el más mínimo ruido. Aquel duende maligno me tenía secuestrada la voz. Estuve intentándolo en vano hasta que también me arrebató la voluntad de hacerlo. También se llevó mi conciencia por lo que no cabía la posibilidad de sentirme culpable por haberme abandonado.
No se cuantos días y cuantas noches estuve allí encerrada. Mi raptor, el duende maligno, la depresión, me robó todo, hasta la noción del tiempo. Debieron ser bastantes, o a mi me lo parecieron. Cuando me arrastró a aquel mundo sin voluntad y apatía los días eran cortos y las noches largas y frías. Los amaneceres llenos de bruma y escarcha.
Debía estar atardeciendo cuando en un día de aquellos, el último de mi encierro, los rayos del sol se filtraban tímidamente por una rendija que dejaba la persiana al descubierto. Su brillo fue perdiendo fuerza hasta que la oscuridad se adueño de nuevo de la habitación. Escuche un susurro cerca de mí pero al principio no identifiqué su procedencia. Allí no había nadie. Solo estábamos el duende maligno y yo. Yo no tenía ningún deseo de hablar y él no hablaba nunca, solo actuaba. Era silencioso, rotundamente callado. Su presencia era muy fría, helada.
Aquella voz era cálida, suave y escucharla me conmovió. Hacía mucho que nada lo hacía. Mi cuerpo comenzó a temblar de igual manera que el día en que fui secuestrada y por unos instantes me sentí de nuevo viva, recordé lo bello que es sentirse viva. De repente un torrente de recuerdos acudió a mi memoria. Recordé de quien era la voz que me hablaba y recordé lo que intentaba decirme. Era mi alma quien gritaba. Era la voz de mi alma quien me despertó de aquella pesadilla. Apreté los ojos con fuerza., tenía que abrirlos, salir de allí y de pronto la estancia se llenó de luz y de personajes conocidos pero que hacía mucho tiempo que estaban lejos. Eran los duendes que en los buenos tiempos habían viajado conmigo. Coraje y Esperanza me cogieron de las manos y casi flotando me sacaron de allí. Atravesamos calles oscuras y tenebrosas pero ellos no me soltaron las manos, sentía su calidez entre las mías y eso me ayudaba a no mirar atrás. El duende maligno nos persiguió un buen trecho pero cada vez se quedaba más lejos. Al final llegamos a la estación. Estaba llena de viajeros que hacían cola para subir al tren. Se oían sus murmullos, sus risas, sus despedidas. Niños correteando de un lado a otro. La vida le daba a todo una calidez maravillosa. Mi cuerpo y mi mente poco a poco se fueron reconfortando, a medida que los recuerdos volvían a mi memoria.
Una vez de vuelta a mi compartimento me sentí como de vuelta a casa. Me acomodé en mi asiento y me lié en mi manta de viaje, que extrañamente seguía donde la dejé. Recosté la cabeza en el respaldo y enseguida el tren comenzó a moverse.
Ha sido reconfortante volver a contemplar el andén a través de los cristales. Esos cristales sucios y llenos de vaho cuya visión se ha convertido en parte de mi existencia.
Ahora, con la memoria recobrada, me parece increíble que no echara de menos todo esto, que olvidara todo, que hubiera existido tantos días lejos de los viajeros, sus miradas, sus idas y venidas, los reflejos de las luces en los cristales, las paredes desconchadas, el escaparate de la tienda, la ventanilla de los billetes, los carteles con el horario de entradas y salidas… el silbido que anuncia la partida, esa mezcla de olores que se juntan y le dan un sabor dulce y amargo al aire que respiro, la bruma, el vaho, el canto de los pájaros que anidan en los tejados… ¿Cómo pude olvidarme de todo lo que me rodea? ¿Cómo pude olvidarme de que estas cosas se han hechos imprescindibles en mi viaje?, ¿Cómo pude olvidarme de mi fuerza y entregarme al duende malvado?
Afortunadamente, como en anteriores ocasiones, mi memoria volvió y recobré mi poder. Por suerte volví a escapar de sus garras.
Ahora el tren se desliza suavemente entre las sombras proyectadas por los árboles del camino. En silencio y con la llama de la gratitud en mi corazón les saludo interiormente mientras cierro los ojos y el sueño se apodera de mi. Me entrego sin miedo porque él es mi aliado. El sueño me reparará y me conducirá a un amanecer brillante.
martes, 19 de mayo de 2009
UNA CALIDA VISITA:PRIMERA PARTE

Hace días que el tren recorre, una tras otra, estaciones parecidas. A través de los cristales las imagenes se suceden inmersas entre las brumas. Las horas transcurren monótonas sin que se aprecien muchos cambios ni dentro ni fuera de los bagones. Noches frías y oscuras dan paso a madrugadas que no acaban de abrirse a la luz del día. El sol se escondió la otra tarde detrás del pico de una montaña cubierta de blanca nieve y debió de ser raptado por algún duende travieso porque no he vuelto a saber de él. Su ausencia me pone triste. Extraño mucho su calor. Llevo días encogida. Mi cuerpo dolorido ha intentado reemplazarlo recogiéndose bajo una manta que alguien dejó olvidada en el asiento de al lado, pero no lo ha conseguido.
Hemos parado en numerosos andenes vacios e inhospitos donde pocos viajeros se aventuraban a emprender viaje y los pocos que lo hacían lo hacían ligeros, envueltos en mantas y abrigos para resguardarse del viento helado que azotada sus cuerpos. He visto pocos rostros en estos días. Apenas he sentido la caricia de una mirada. En algunos momentos he confundido el día con la noche y he perdido la cuenta del día en el que estamos...
En medio de un vacio, seguramente a media noche o en mitad de un día demasiado oscuro, alguien entró silencioso. Su figura se movía entre las sombras de forma irregular. Parecía flotar en el aire. Sin pronunciar palabra se sentó enfrente mio. Iba cubierto por un manto oscuro que le cubría todo dejando solo al descubierto un pequeño trozo de su cara, lo suficiente para que entrara aire en su boca y saliese por su nariz, y dejaba salir un inmenso brillo de sus pequeños y penetrantes ojos.
El lugar pareció llenarse de su precencia. Dejé de sentir frio y pude despegar un poco la manta de mi cuerpo. Mis músculos entumecidos recobraron un poco de vida. El o ella, pues era inmposible adividar de que ser se trataba, permanecia callado, extremadamente inmovil. Solo sus ojos se movian suavemente y mi cuerpo se extremedió cuando me apreció sentir la caricia de sus pupilas sobre mi. Estaba tranquila, serena, pero no se explicar porqué y aunque mi cuerpo seguía recibiendo calor, comencé a tenblar de una forma ritmica. No podía controlar mi cuerpo y mi corazón cada vez se aceleraba más.
Recuerdo que, como si alguien hubiese apagado un interruptor, mis ojos se cegaron, la luz desapareció y yo, irremisiblemente me sumergí en la más absoluta oscuridad. Entonces dejé de sentir mi cuerpo y me olvidé de todo cuanto me rodeaba. Tanto me olvidé quien era y adonde me dirigía...
martes, 12 de mayo de 2009
EL FINAL DE MI PRIMER DIA DE VIAJE

Ya es de noche. El silencio reina en el tren. Solo se escucha un leve silbido, segurante producido al deslizarse por las vías. Han quedado pocos viajeros en mi bagón.
Casi todos han bajado en la última parada, un pueblecito rodeado de montañas donde el frio era intenso, hasta el punto de que el suelo de la estación se veía cubierto de una brillante capa de hielo. A través de los cristales de la ventana estuve observando como los viajeros hacían piruetas para no caer al suelo cuando sus pies resbalabann.
Luego, poco a poco todo se fue quedando vacio y el tren, casi sin avisar, comenzó a deslizarse suavemente a través de una linea difuminada de edificios desdibujados que prontodieron paso a un hilera de arboles que recordaban a gigantes y monstruos. Me apoyé contra los cristales y con los ojos casi cerrados me dejé llevar por la imaginación y pronto me convertí en la heroina de una historia trepidante de dragones y princesas... y cuando la bella, era rescatada y abria su boca roja para recibir el apasionado beso de su principe valiente algo hizo que me sobresaltara y salí de mi ensoñación dando al traste con el regocijo.
Cuando abrí los ojos ya era completamente de noche y las sombras dantescas del horizonte habían desaparecido dejando paso a nos destellos itinerantes que se reflejaban en los cristales y se movían por el interior llenándolo todo de una irrealidad desconcertante, así que tiré de las cortinillas y cubrí la ventana completamente con lo que la oscuridad invadió mi alrededor. Cerré los ojos de nuevo e intenté dormirme.
Así estoy, sumida en la oscuridad, contemplando mi desolado interior. Me pregunto por qué lo he abandonado todo y he subido a este tren sin destino. No se la respuesta y tampoco me preocupa demasiado. "El porqué no importa", me susurra el viento que ha comenzado a golpear los cristales, "lo verdadermente importante es el resultado, el viaje, el camino".
Me duele el recordar lo que he dejado atrás. Miro a mi alrededor y no veo más que oscuridad. ¡ me siento tan sola!Pienso en la posibilidad de encender la luz... pero no lo hago, prefiero la oscuridad a la certeza de una realidad irreal. Vuelvo a cerrar los ojos y mi soledad desaparece. Dentro estoy yo y ya no estoy tan sola.
La tranquilidad y el silencio me acompañan, el tren parece vacio, quieto. Se desliza suavemente entre la noche, entre oscuros y extraños campos en busca de un amanecer radiante y lleno de esperanza. El sueño se hace mi dueño.
Buenas noches
viernes, 17 de abril de 2009
EL TREN DE LA LUZ- INVISIBLE ENTRE LA MULTITUD

Sentada en el anden, con las manos en el regazo, la cabeza apoyada en la sucia pared que acoge un desvencijado banco de hierro del que es dificil adivinar el color, y la vista clavada en las baldosas del suelo, pasé largas horas viendo pasar los trenes. Dejé pasar el tiempo mirando sin mirar, pensando sin pensar, viviendo sin vivir...
Pasaron muchos, ivan y venian de arriba abajo dejando y recogiendo gente. Rostros desconocidos, enigmáticos. Rostros sin nombre que ocultan secretos, tristesas, alegrias, venturas y desventuras. Unos con esperanzas, otros muertos en vida. Niños y viejos, hombres y mujeres, unos con prisa, otros sin rumbo...¿como me verían a mi?
Me hubiese marchado con cualquiera y tambien me habria ido sola. Sin embargo permanecí sentada, sin moverme, inerte durante la noche, ausente durante el día, observando, quizás hibernando.
Aburrida comencé a mirarles los ojos, les sotenia las miradas. Algunos me miraban, muy pocos me veían. Era invisible en una estación repleta de gente.
Estaba allí porque un día me cansé de ser como todos, habia querido saber más, avanzar y me volví diferente y entonces desaparecí, me hice invisible.
Pensé en volver, hacer como si nada hubiese ocurrido y pretendí comprar un billete para cualquier tren de cercanias pero no se bien por qué no me sorprendí mucho cuando en la ventanilla me dijeron que no había billete de vuelta.
Sin nada mejor que hacer me senté a esperar. Y sentada esperé, aunque no sabía qué. Tampoco sabía que tren coger y mientras que esperaba soñé.
Entre sueños viví vidas ajenas pero nunca la propia.
Una noche la estación se iluminó, los andenes se llenaron de luz, los railes temblaron y el ruido me despertó.
Desperté con una sensación un tanto extraña. Sentía ganas de pasear, de viajar de nuevo. Delante mía había parado un tren brillante que me invitaba a subir a sus vagones y no me pude resistir.
A pesar de ser media noche la ventanilla estaba abierta y me vendieron el billete sin oponer resistencia y como un niño pequeño con un juguete nuevo, recogi mi viejo petate y de un salto me subí AL TREN DE LA LUZ.
Mi corazón late con fuerza en mi pecho mientras me acomodo en mi asiento. A través de la ventanilla veo la gente que se agolpa en el anden. Les saludo sonriente agitando la mano y ellos parecen mirarme aunque no me responden, aún no me ven. No importa, viajaré en solitario. Confío en que en alguna estación olvidada me haré visible para alguien. Este viaje será divertido.
¿os venís conmigo?
martes, 17 de junio de 2008
CUANDO ME HICE CONSCIENTE DE MI AMANECER
Era el año 2004, una mañana de primavera....
En el silencio de aquella mañana de lunes la persistente alarma del móvil me avisaba insistente de que eran las siete menos cuarto y había que volver al mundo “real”, y yo después de un gran esfuerzo por salir de la cama, venciendo mi habitual cansancio, me animé al fin, ante la aventura de afrontar un nuevo día. Lana, mi perra, me esperaba sentada en el pasillo y me llevó corriendo hacia la puerta de la calle. Al abrir la puerta una ráfaga de brisa fresca me avisó de que fuera podría darme frío y cuando me volví para coger de la percha del pasillo una vieja sudadera que todas las mañanas me ponía encima del camisón, me miré y pensé entre risas que tendría que comprarme una bata de verano. Algo mono para salir por la mañana a sacar a la perra. “No puedo seguir saliendo con estas pintas. Siempre no es carnaval”, me dije. Entonces recordé que unos días atrás, guardando la ropa limpia me había fijado en algo celeste que había entre los pijamas. Seguí mi intuición y subí al dormitorio. Abrí el cajón y allí mismo, olvidada en el fondo, había una bata que tenía desde siempre. Era compañera a un pijama, de esos de estilo chino, que hacía años que no usaba y probablemente habría tirado. En verdad, ni siquiera me acordaba de que estaba allí. ¡Que guapa estaba yo con ellos! Una vez fueron mis preferidos. Entonces vivíamos en el piso de la plaza Toral. ¿Cuántos años tendría?. ¿veinticinco? ¿veintiséis? David era aún pequeñito. A mi mente acudieron tenues recuerdos de aquel tiempo. “David tendría unos cuatro o cinco años, entonces ya me encontraba mal. Por aquel tiempo venía a casa un amiguito de la guardería a jugar con él que se llamaba Pablo. Siempre lo llevaba su padre. Era verano, uno de esos veranos que yo siempre estaba con fiebre y me daba frío. A mi me gustaba estar tranquila y cómoda con mi pijama y mi bata, y este señor, que ahora ya no consigo acordarme de si se llamaba Pablo también, se me presentaba como si fuese una amiga mía que trajese a su hijito a jugar con el mío mientras que nosotras echábamos la tarde. ¡Como si yo no tuviera otra cosa que hacer que estar de tertulia!; además, él era un hombre, dicho sea de paso, un poco soso y bobalicón, y un poquito raro. Todo el día iba con Pablito, como el le llamaba, de un lado para otro como si no tuviesen ninguno ni esposa ni madre. En mi recuerdo siempre lo veo achuchándole al carrito, lo que entonces llamaba la atención, pues no era corriente como ahora la imagen del padre llevando el cochecito. La señora, pese a que parecía invisible, existía, pero era directora de un colegio y siempre andaba ocupada. Entonces, me parecía a mí que ella era él y que él era ella. En aquellos años todavía no se veía normal este cambio de papeles, y yo la verdad, estaba hasta el gorro de aquél señor, que eso sí, era muy buena gente, pero sin darse cuenta invadía mi intimidad cada vez con más confianza y atontamiento. Creo recordar que hice algo para quitármelo de encima, pero lo que fuera no debió ser muy ético, ya que es algo escondido en mi memoria, un hecho que mi conciencia tiene velado para no enfrentarme al remordimiento de haber cometido algo malo. El caso es que conseguí que dejara de ir a mi casa, con lo que mi hijo perdió al primero de los pocos amigos que ha tenido, y yo, quizás también perdí al que podría haber sido un gran amigo para mí.”
“Ven, siéntate a mi lado, no sufras más, no temas; ya no estarás más sola ¡Te amo tanto!. Tenemos mucho de que hablar, yo te contaré y tú me escucharás, tú me contarás y yo te escucharé. Juntas andaremos el camino, no importará que sea largo y duro; no importará que alguna vez nos perdamos, porque cogidas de la mano encontraremos otra vez el buen sendero. No importará que nos coja la noche, haga frío y no tengamos donde refugiarnos porque las dos abrazadas nos reconfortaremos hasta que venga el día. Juntas lloraremos, juntas reiremos, juntas nos equivocaremos, juntas aprenderemos de nuestros errores, juntas amaremos. Juntas disfrutaremos del sabor dulce y amargo de la vida; juntas las dos, tendremos el coraje y el amor que hace falta para andar el camino sin mirar atrás. Así que ya sabes mi niña: no llores más, que tú y yo cogidas de la mano caminaremos una eternidad. Quiero decirte tantas cosas que se me agolpan las palabras. Hemos estado calladas tantos días, tantos años, tanto... que no se por donde comenzar. Te miro a los ojos, esos ojos de mirada fija y penetrante, implorante y suplicante, y no se como he podido estar tanto tiempo sin darme cuenta, sin reparar en ti. ¡Te he tenido tan olvidada por tanto tiempo! Ahora sé que tú no has estado escondida, has estado mirándome y reclamándome desde el rostro de mi hijo, desde el de mi hija, desde el de mi padre, de mi madre, de mis amigas, desde la gente que me rodea... he sido yo quien te arrinconé, te dañé, te ofendí, te metí en el cajón del olvido y luego te eché encima mis miedos, mis dudas, mis incertidumbres, mis desesperanzas, mis quejas, mis críticas, mi sentido de culpabilidad, mi desconfianza, mi rencor, mi rabia, y debajo de todo, tú aún me reclamabas a través de los ojos de todos, y utilizabas sus brazos para extenderlos hacia mí y suplicarme que te sacara de allí. Me decías que necesitabas mi amor, mi aprecio, mis cuidados, mi reconocimiento, mi apoyo, y querías decirme que tu, a pesar de todo, me amabas más que a nada, tal como yo era., que te tenía para apoyarme y darme ánimo; que no me culpabas de nada, que no tenía que hacer nada especial para merecerte, que lo único que necesitabas era que te reconociera y te dejara estar a mi lado. He estado ciega, no te veía, no te reconocía en ellos. Hasta este momento nunca hasta ahora pensé que cuando mi hijo me reclamaba llorando eras tú, mi niña interior, quien me llamaba y me decías que estabas ahí. Ahora ya no nos separaremos más, iremos juntas, cogidas de la mano. Juntas recorreremos este camino, largo y quizás todavía difícil.. Tú ya no estás sola, yo tampoco. Así, enlazadas de la mano; al igual que en el cuento de navidad, nos trasladaremos primero al pasado. Haremos un recorrido por estos años ya vividos, tratando de unir los recuerdos para hilar nuestras vidas, tratando de comprenderme mejor para aceptarme a mi misma y llegar a concederme el perdón que tu me pides y así poder comprender, aceptar y perdonar a los demás. Requisito imprescindible para conseguir la paz interior que anhelo. Recorreremos, esta vez sin dejarte atrás, mi infancia y mi adolescencia y me acompañarás hasta la madurez, y una vez regresemos de nuestro viaje por el pasado, lo olvidaremos y no nos volveremos a recrear en él. Miraremos hacia delante, siempre presentes en el aquí y el ahora, y junto a ti viviré toda mi vida, porque ¡eso si! NUNCA MAS DEJARE DE SER LA NIÑA QUE DESEO SER.”
sábado, 12 de abril de 2008
LOLITA Y LAS ESCALERAS MECANICAS
Faltaban pocos días para la llegada de
A Linda, la gatita coquetona que siempre la escuchaba y la aconsejaba cuando tenía un problema, le quería comprar un delantal nuevo, pues se había dado cuenta de que el que usaba para hacer sus ricos pasteles ya estaba muy gastado y quizás no aguantaría más lavados.
A oscar, el topo bromista e inquieto que siempre las acompañaba a las fiestas y les hacía reír con tanta facilidad, le buscaría un juego de magia, para que practicara buenos trucos y siguiera animando las fiestas.
A Pedro el cerdito, llevaba tiempo convencida de que lo que le hacía más falta era un libro donde aprendiera a comer mejor y dejar de engordar, porque había que ver como se estaba poniendo últimamente.
y a Lisa, esa perrita tan mayor que vivía al final de la calle y a la que acudían todos siempre que estaban tristes en busca de palabras de consuelo, le buscaría una mantita suave y sedosa para que la resguardase del frío helado que estaba haciendo ese invierno.
Pero claro, eran cosas tan variadas que una de dos; o se recorría la ciudad de tienda en tienda hasta encontrar todo, o se iba a un centro comercial donde hubiese de todo y acabar antes.
Lo que ocurría es que a Lolita los centros comerciales como que no le gustaban demasiado. Bueno, a decir verdad no le gustaban nada. Salio de casa con estos pensamientos y andando acera abajo barajaba los prós y los contras de las dos alternativas.
Decididamente no le apetecía recorrer muchas tiendas, pues el frío en la calle era tremendo y conforme iba andando por la acera se fue quedando helada, y la nariz cada vez se la notaba menos, por momentos creía que se le iba a caer al suelo, rota, así que no lo pensó más y enfiló calle abajo rápidamente hacia el Corte Ingles que había al final. Allí al menos estaría calentita.
¡Uf, que calentito se está aquí dentro! Se dijo cuando traspasó las puertas de cristales que se abrían y cerraban automáticamente al compás de la música de villancicos que sonaba dentro.
Lolita se alegro de haber elegido hacer sus compras allí. Dentro todo estaba lleno de adornos de Navidad, había lazos rojos y bolas doradas y muchas luces que se encendían y se apagaban.
Recorrió toda la primera planta y encontró el libro que buscaba para Pedro. Como no le gustaba subir por las escaleras mecánicas decidió subir por las escaleras normales hasta la segunda planta, donde estaba la sección de hogar.
Allí buscó y buscó y al final encontró la mantita ideal para Lisa. Era blandita, sedosa y no pesaba nada, así se podría acurrucar en ella sin que le molestase a su cuerpecito ya viejo y delgadito y desgastado por la edad, y seguro que su color rosa le encantaría pues ese color era su favorito.
Llevaba ya casi una hora dando vueltas y comenzaba a sentirse cansada pero aún así volvió a subir por las escaleras ya que los juguetes estaban en la planta cuarta y allí encontraría el juego de magia. Entre multitud de cajas de juegos de todas clases encontró al fin uno que decía “Magia para principiantes” y Lolita se dijo “- ¡aja! Este es el que yo buscó” y sin darle más vueltas fue a la caja y después de que se lo envolvieran en un bonito papel de colores y le colocaran un lazo rojo lo pagó, y cogiendo la bolsa junto a la otra se fue a buscar los regalos que le faltaban.
Iba a mitad de las escaleras cuando de repente se sintió tan cansada que tuvo que sentarse en una de ellas. Las bolsas le pesaban, ella era una ratita menudita y aquello era demasiado peso. Allí sentada, con la cabeza apoyada en la pared, sintió como un rugidito; escuchó atentamente y se dio cuenta de que era su estómago. ¡Claro! – se dijo – si no he merendado… acababa de caer en la cuenta de que estaba muerta de hambre.
En la siguiente planta estaba la cafetería así que de un salto se levantó y subió el tramo de escaleras que le faltaban. Pronto se encontró cómodamente sentada delante de una taza de chocolate calentito y una buena ración de pastel de manzana.
Mientras comía unos recuerdos acudieron a su mente. Cuando era niña su madre la llevaba de compras allí y siempre acababan la tarde merendando precisamente chocolate y tarta de manzana, su merienda favorita. Juntas se lo pasaban de fabula, recorrían las plantas de arriba abajo, mirándolo todo.
Recordaba muchos detalles de aquellas excursiones…y de pronto, algo agitó su corazón, un recuerdo olvidado, arrinconado, se coló entre sus pensamientos. Recordó que ella entonces no le tenía miedo a las escaleras mecánicas, al contrario se lo pasaba bomba cuando subían y bajaban por ellas, es más, mientras que su madre iba parada hasta llegar a su destino ella subía y bajada dos o tres veces, no había manera de que se estuviese quieta… pero un día algo terrible ocurrió… al recordarlo su corazón comenzó a palpitar rápidamente pero por mucho que quiso volver a enterrarlo no pudo, la escena pasó ante sus ojos.
Aquel día ella iba un poco revoltosa, mas de la cuenta, y su madre no hacía mas que reñirle para que se estuviese quieta pues las escaleras iban llenas de gente y ella no hacía más que subir y bajar incordiando a todos.
Llevaba un vestidito de falda de vuelo que casi le llegaba a los pies, de repente ella tropezó con un señor muy serio y no pudo evitar caer. En la caída su falda se pilló con la escalera, cuando se dio cuenta comenzó a gritar como loca, la escalera se la tragaba… y si aquel señor no la coge al vuelo arrancándole la falda dios sabe lo que habría ocurrido. Se armó un revuelo bueno y su madre ya pasado el susto se enfadó muchísimo con ella, tanto que la castigo sin merienda. A ella eso era lo que menos le importaba ya que el susto que había pasado le había quitado las ganas de merendar.
Esa noche tuvo pesadillas con las escaleras mecánicas que se convertían en un monstruo grande y feo que quería comérsela. Lo pasó tan mal que por la mañana se prometió no acordarse más de aquel suceso ni de las escaleras.
En adelante, cuando iba al Corte Ingles siempre subía por las escaleras normales y con los años se fue olvidando del motivo, solo recordaba que las mecánicas le daban miedo.
Ahora, recordándolo todo con ojos de adulta se dio cuenta de que ese miedo era absurdo, aquello le pasó porque no le había hecho caso a su madre subiendo las escaleras como era debido, sin tener cuidado. Aquello había sido un incidente sin mucha importancia, nada más.
Terminando su ración de pastel se sonrió dándose cuenta de lo que se había perdido durante tantos años a causa de su miedo infundado. Las escaleras mecánicas no eran ningún monstruo maligno al que hubiera que temer.
Con una sonrisa en la cara y una mirada pícara se fue derecha a las escaleras y sin pensárselo dos veces se subió en ellas. Cerró los ojos y se vio de nuevo, pequeña y traviesa soltándose de la mano de su madre, jugando a imaginarse que iba subida en nubes de algodón que se movían por el cielo y que le llevarían a mundos desconocidos.
Así, como una niña revoltosa, se recorrió de nuevo todas las plantas, subiendo y bajando por las escaleras mecánicas, divirtiéndose tanto, tanto… que se olvidó de comprar el resto de regalos.


